Había pasado cuatro horas de vehemente debate en medio de una
improvisada audiencia bajo un solazo, cuando Rorys Dagoberto Pinzón Mestanza,
alias Pollofrito, perdió su derecho de hacer reír a los demás. Durante varios meses
el negocio no había ido bien, así que Pollofrito decidió mudarse no sin antes
jurarle a su madrecita santa que buscaría mejor suerte en otro lugar, porque él
venía de una generación entera dedicada a divertir a los niños en incontables
matinés, cumpleaños, primeras comuniones, bautizos y demás eventos sociales;
vocación que había heredado de su difunto padre que descanse en paz.
Ser payaso no había sido una decisión fácil. Su padre hubiese
querido que se dedique a otra cosa, que se prepare, que sea médico, y cuando se
enteraron de que montaba pequeños espectáculos en el colegio lo llevaron directo
al psiquiatra, luego con un sacerdote y por último con un chamán; pero cuando
cumplió diecisiete años decidió que no iba a temerle a rebelarse al mandato de
sus padres, ni al futuro, ni a los fantasmas, ni a los insectos, ni a la sangre,
ni a ninguna de las fobias habidas y por haber, porque se dio cuenta de que en
la risa se encontraba la receta más efectiva contra el temor.
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—Esto se está yendo
de las manos, Señor Ministro —esbozó temeroso el asesor del Ministro Nacional
de la Alegría y Artes del Buen Sonreír. —El Presidente de la Asociación de
Payasos
